“Viva Chile, mierda!”

Cito textualmente el artículo de Alfredo Rangel publicado en la prestigiosa revista colombiana Dinero (16 de octubre) titulado con la misma frase del Presidente Piñera.

“Lo que empezó como una tragedia, los chilenos lo convirtieron en una proeza que asombró con razón al mundo. No fue un milagro. Fue el resultado de un gobierno eficaz, unos profesionales idóneos y una nación solidaria y unida. Chile debe servirnos de inspiración a los colombianos y a los latinoamericanos. Nuestro destino no tiene por qué ser siempre el fracaso.
 
Como dijo el presidente Piñera, ellos lo hicieron a la chilena, o sea, bien. El rescate de los 33 mineros fue un éxito más de un país que lleva ya muchos años haciendo las cosas bien. Lamentablemente, no es exagerado decir que si este accidente hubiera ocurrido en cualquier otro país de la región, es probable que las cosas hubieran terminado mal. Solo dos botones de muestra: hace pocos meses en Amagá (Colombia), 73 mineros murieron atrapados en una mina de carbón; y en el año 2006, en Coahuila (México), 65 mineros murieron encerrados en una mina sin que el presidente de entonces hubiera visitado siquiera el sitio de la tragedia; incluso uno de sus ministros atribuyó la desgracia a que los mineros se la pasaban borrachos.
 
El viaje al centro de la Tierra que hicieron los chilenos para rescatar a sus paisanos a través de un hueco que tenía la longitud de un edificio de 250 pisos asombró al mundo por su precisión y su rapidez. Se ha considerado como uno de los rescates más complejos de la historia y conmovió a cerca de 1.000 millones de personas de todos los países, que se pegaron a sus televisores para verlo en vivo y en directo. La epopeya fue cubierta por cerca de 2.000 periodistas de todo el planeta. Se salvaron 33 vidas, pero por la manera como lo hicieron, ganó el país entero: Chile es ahora un país mucho más admirado y respetado en el mundo, aunque ya lo era de antes.
 
En efecto, cómo no admirar un país que con solo 16 millones de habitantes, y ubicado en el último rincón del mundo, es, según el Banco Mundial, el mejor país de América Latina para hacer negocios, y es más competitivo que España, República Checa o Italia. Cómo no admirarlo si tiene en América Latina la menor tasa de pobreza, el más alto ingreso per cápita, la menor incidencia de corrupción en funcionarios públicos, el menor porcentaje de trabajadores informales, la mejor calidad educativa, el más alto acceso al agua potable y a la electricidad, y, además, es el segundo en inversión en ciencia y tecnología como porcentaje del PIB. La hazaña no fue un milagro. Fue el resultado de circunstancias favorables creadas por el desarrollo tecnológico, la integración social, la estabilidad política y la solidez institucional, que han potenciado en los chilenos el sentido del trabajo en equipo y la solidaridad colectiva. Y como telón de fondo, una democracia pluralista y una economía de mercado de las más libres de la región, al punto que sus críticos -que ante sus éxitos ahora bajan la voz o cambian de tema- han calificado a Chile de precursor y estandarte del neoliberalismo en la región. Vaya crítica, con esos espectaculares resultados. Y qué contraste con el rotundo fracaso económico y social de todos los populismos que en la región son y han sido, pero que aún son pregonados como modelos por parte de los detractores del ejemplo chileno.
 
Por supuesto que el gobierno de Piñera merece un reconocimiento especial. Fue el mismo Presidente quien coordinó todos los esfuerzos del rescate, se puso en el trabajo de conseguir la ayuda internacional necesaria, gestionar la consecución de la maquinaria idónea con la condición de que fuera operada por chilenos, además de poner simultáneamente en marcha otras dos estrategias de rescate, por si fallaba la que efectivamente prosperó. Claro, sus críticos ideológicos que lo califican de derechista -incluso, (¡horror!) de admirador de Uribe- le objetaron su exceso de protagonismo. Digo los críticos de fuera, porque la oposición chilena rodeó a Piñera con solidaridad, en ejemplar muestra de madurez política y de integración nacional. Madurez y aplomo que también caracterizó el ejemplar, transparente y medido manejo de la información durante todo el proceso, tan lejos del amarillismo, la truculencia y la sensiblería de algunos medios nuestros. Qué ejemplo.
 
Así que por la felicidad que nos provocó el rescate, por el ejemplo y la inspiración que nos han dado los chilenos, propongo un brindis con uno de sus deliciosos vinos: ¡Viva Chile, mierda!”

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